Un año más transcurrido…el tiempo continúa pasando de forma inexorable brindándonos la oportunidad de aprender cada día un poco más. ¿Aprovechamos con corrección lo que el tiempo nos da o por el contrario opináis que el tiempo nos quita y no ofrece nada? Dejo la pregunta en el aire para que forméis vuestra propia opinión.
Hace exactamente un año que escribí la inefable “carta espiral” cual Pérez Reverte geométricamente despistado. No puedo opinar si fue un éxito o un fracaso; lo que sí puedo opinar es que se dio vida a una tradición que pienso mantener mientras tenga alumnos que estén dispuestos a leer lo que tengo que decir.
Los que desde aquel momento hayáis vivido este último año con nuestro grupo habéis pasado por muchas experiencias, unas agradables, otras frustrantes y otras muy dolorosas. Vaya mi afecto y cariño para éstos últimos y mi humilde ayuda para todos con el único objetivo — inmutable — de mejorar mediante la práctica, trascendiendo de la vulgaridad cotidiana hacia una mejor comprensión de nuestra existencia, o al menos, a una aceptación de la misma.
Bienvenidos todos los que os habéis ido incorporando a lo largo de estos doce meses. Espero que hayáis disfrutado con esta experiencia y que ese gozo lo devolváis a las personas que entren a formar parte de este grupo en el futuro. Tengo constancia que a veces en clase es todo un poco confuso, pero ¡qué no lo es! Lo que no es confuso es el apoyo y comprensión de vuestros sempais y vuestro profesor para ayudaros en una mejor integración en la práctica, que no en el grupo pues no es necesaria tal ayuda al estar plenamente abierto, como bien sabéis, a vuestra llegada desde un principio.
Vamos a afrontar el año entrante todos juntos, — kohais, sempais y profesor — de forma alegre y con la perspectiva de purificarnos plenamente, esto es: dejar tan limpio nuestro interior como nuestro exterior de manera que no queden rincones en nuestra alma donde el rencor y la soberbia habiten. Así lo aconseja la tradición y también el maestro Tamura. Yo por lo tanto os propongo, al igual que en clase, este trabajo: abandonemos los rencores creados y pensad en lo que los ha provocado, y aunque creáis que la culpa no ha sido vuestra, es igual, debemos decirnos “debo olvidar para afrontar el nuevo año limpio de cargas”. Una vez yo he practicado este ejercicio y os aseguro que el despertar después de dormirse con esa conciencia es distinto y más luminoso. En definitiva, creo que los errores de los demás no son más que el reflejo de los propios nuestros y por la aceptación de este hecho pasa nuestro verdadero avance.
Ya hemos hecho propósito de vida, ahora debemos abordar la práctica.
Poco puedo decir que no haya ya dicho. Las bases de la enseñanza, mis bases, creo que las conocéis pero las repetiré: constancia, humildad, colaboración y sinceridad. Estos son los cuatro pilares mayores donde se construye un correcto aprendizaje. Mi opinión es que hay que edificar sobre estos criterios y que además debemos hacerlo utilizando la prudencia como argamasa: al fin y al cabo no somos más que obreros, y como tales, no debemos pensar en construir catedrales, bastante tenemos con que no se derrumbe el muro de ladrillo que estamos levantando laboriosamente. Tiempo habrá, y si no da lo mismo, de construir algo por nuestra cuenta. Pero primero debemos terminar los pilares y después los muros del proyecto que nos han encomendado los arquitectos.
Sé por experiencia propia que la constancia en la práctica es difícil de mantener para muchos de vosotros, que la vida es complicada y que debemos mantener un orden de responsabilidades. Sirvan por lo tanto estas líneas como reconocimiento y mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que deben batallar diariamente contra su propio modo de vida para asistir a la práctica. Pero no debemos olvidar – nunca – que el trabajo del aikido no termina en el dojo; los valores que aprendemos son universales y por lo tanto no existe excusa para cualquier practicante de no tratar de aplicar esos mismos principios en cualquier ámbito de la existencia.
Por otro lado también es mi deber agradecer a ese nutrido grupo de jóvenes que mantienen un alto nivel de entusiasmo en las clases, su asistencia constante y sus ganas de aprender. El resultado es una práctica más agradable y distendida. Pero el entusiasmo pasa y los malos hábitos acechan y por eso les recomiendo que practiquen incansablemente las bases y que sigan manteniendo la alegría de sentirse libres aplicando este sentimiento a su técnica. También les advierto que mantengan la serenidad y que traten de aprender lo mejor de los demás, catalogando y segregando de su propio aprendizaje los comportamientos que muchos de nosotros mantenemos al ser mayores y con más errores en nuestras espaldas. De esta manera seguirán la línea recta que debe quedar trazada desde ya. Y si no son capaces por sí mismos, sus sempai y yo mismo se la indicáremos de la manera más adecuada.
Para terminar me gustaría decir que el aikido es un arte profundamente rico en matices pues se mantienen amalgamados en su interior de forma indiscernible valores morales, etiqueta y combate. Esta es, para mí, su belleza; lo que me hizo quererlo por encima de otras artes. Por esta misma razón siempre he creído en la necesidad de no recomendar su práctica a todos aquellos que no puedan o no quieran apreciar este bello significado. No juzgo motivos o razones, simplemente creo que su labor quedará coja y endeble al faltar los cimientos o ser insuficientes y esto llevará inexorablemente a que su muro se derrumbe una y otra vez, quedando sólo en pie el resentimiento y la incomprensión. Al final estos practicantes siempre acaban por pregonar a los cuatro vientos que el arquitecto, los materiales o el suelo eran de mala calidad, sin recapacitar nunca en su propia capacidad de levantar muros. Dejar que un alumno llegue a esta situación es tan execrable como el hacerlo por uno mismo.
Por todo ello es mi primera labor como profesor el recomendaros encarecidamente que meditéis y decidáis si el aikido es para vosotros una simple forma de pasar el tiempo, un ejercicio físico sin más, con ninguna aportación positiva en vuestra vida. Si es así, por favor no perdáis más el tiempo, sería como utilizar harina y agua para edificar castillos. Para cada actividad hay una herramienta adecuada y una actitud correcta. Debéis dirigir vuestros esfuerzos hacia ejercicios, estoy seguro, igual de sugerentes y gratificantes para las cuales vuestra actitud se acomode mejor. Si por el contrario mis palabras os convencen y creéis que tengo razón y que habéis practicado siguiendo una dirección errónea, entonces aprovechad el año entrante para hacer nuevos votos de mejora.
Puedo estar equivocado – sin duda lo estoy, y gravemente creo, en muchas cosas – pero de momento este es el camino por el que me muevo. Hay muchas formas de ver el aikido, tantas como practicantes y profesores existen, y vuestra elección de instructor es absolutamente libre. Ejerced pues vuestro derecho sin titubeos, si así lo deseáis, porque es correcto y justo que lo hagáis.
Afrontad con moderación las alegrías y con valentía y entereza las tristezas y recordad que todos, independientemente de nuestro grado, edad o sexo tenemos muchas cosas sobre las que recapacitar, aprender y por supuesto errores por resolver. Os deseo que logréis todo aquello que necesitéis y os ofrezco todo mi apoyo para lo que esté en mi mano resolver o ayudar. Sabéis que mi puerta está abierta para aquel que desee charlar sobre lo que guste o necesite si cree que le puedo ser de ayuda.
Vuestro profesor os desea un feliz año nuevo a todos vosotros y a vuestras familias.
Feliz año al mundo.
