Aclarándome la gargantaSe me había olvidado colgar el speech que solté en la cena de navidad posterior a los exámenes, y ya que algunos me lo pedisteis, porque según vosotros: “Coño, maestro, es que no hay Dios que entienda lo que has dicho”, aquí está. Y la próxima vez o me prestáis más atención o bebéis menos. Vale, vale, por lo menos lo primero ¿eh?

“Un año más de entrenamiento, todo continúa más o menos igual. Caras nuevas que llegan y otras que nos van dejando por motivos variados, afortunadamente por nada definitivo. Sin embargo, este año es especial. ¿Por qué? Todos lo sabéis: algunos gorriones han echado a volar, y, lanzándome a un mar de metáforas, podría decir que los niños han vestido su toga viril y han asistido como espectadores de lujo a su propia actuación de licenciatura, su madurez institucional dentro del aikido, su mayoría de edad. Ay, escribo estas líneas escuchando al “Rey” trinando el “Love me tender”, y como sé que me voy a poner emotivo, ya pido disculpas de antemano si esto va a sonar un poco “flojito”.

Retomo. Su nuevo grado es un punto que para muchos, entre los que me incluyo, supone un antes y un después porque, pobres de nosotros, fue precisamente en las cercanías temporales de nuestros pases de shodan cuando caímos en el maldito vicio de la enseñanza del aikido. Algún desalmado, Dios le confunda, al conocer nuestra nueva condición nos dijo ¿Oye, y no te apetece dar clase? ¿Por qué no pruebas?. Y ahora, como en un sueño, me escucho decir “Sí, vale, será una experiencia”. Joder Cáspita, y  tanto.

Ante la posibilidad, remota, de que alguno de estos gaznápiros se dediquen realmente a transmitir lo que saben del aikido, quizá sea este el momento, sobre todo debido a las condiciones óptimas de vuestro nivel etílico, de explicar brevemente lo que significa la enseñanza para mí.

Lo primero que quiero decir es que me voy a convertir en  una de esas  oscuras personas que os aconsejarán enseñar aikido si verdaderamente queréis profundizar en ello. La docencia es ante todo para mí, ahora que suenan las notas de “Can’t help falling in love with you”, un continuado ejercicio de amor por lo que enseñas y hacia aquellos que lo aprenden. Donde no debe faltar la ecuanimidad, que permita ser justo e igualitario en tus juicios; la empatía, que te permita transmitir lo más adecuado para el alumno en cada momento, entendiendo y respetando cuando aquel no puede, o no quiere, comprender lo que para ti es algo claro; la generosidad, entregando sin reservas lo que conoces; la sinceridad, que te permite despejar tu corazón de miedos a reconocer tus propias taras y defectos, pues sólo el que se pierde encuentra nuevas sendas;  firmeza en tus convicciones sin llegar a la aspereza, dejando siempre un lugar a la duda, madre de todos los avances; y por último, aunque no más importante,  saber escuchar, en todo momento, lo que los alumnos tienen que decir, sobre el aikido o sobre lo que sea, pues ello es la base sobre la que construir nuevos proyectos.

Me permito añadir una última cosa como recomendación, ya que no hay nivel etílico que pueda superar esta parrafada: la independencia de juicio desde el respeto de la concepción del aikido que se os enseña. En aikido ya sea en vuestra propia clase o en la práctica cotidiana, siempre se está enseñando y aprendiendo, por eso espero que de estas palabras todos vosotros queráis quitar o añadir aquellos conceptos que os sean propios y cercanos.

Como ahora suenan los acordes del “Viva las Vegas” de Elvis no encuentro mejor momento que dejar de aburriros y brindar por todos vosotros.”