He perdido la cuenta ya de las veces que nos hemos reunido en celebración de unos exámenes de pase de grado. Entre los veteranos encuentro siempre caras nuevas que se incorporan poco a poco a nuestro pequeño grupo. No son muchas, pero eso no es malo – al contrario – pisamos terreno firme, nuestros lazos son las enseñanzas que me han transmitido y que yo a mi vez os trato de hacer llegar a través del prisma de mi propia experiencia, por lo tanto la cohesión del grupo depende de tratar de incorporarlas de la forma más pura posible, a nuestro propio criterio y convicciones y no ir más allá que buscar el mejorar constantemente de nuestro interior hacia el mundo que nos rodea

Soy joven, sí, muy joven en comparación con el anciano de cabellos y barba canos de penetrantes ojos rasgados que en nuestra mente tenemos como ideal de maestro. Como tampoco la sociedad y costumbres en las que nos movemos facilitan, quizá imposibilitan, la relación maestro – alumno que se mantenía en otros tiempos y entornos sociales.

Por lo tanto, soy también consciente de la necesidad personal de mejorar en muchas cosas, aprender otras, e incluso eliminar otro buen puñado de costumbres y actitudes erróneas en mi comportamiento.

Esto es así y lo sé, tanto que hace mucho tiempo ya, que por decisión propia me comprometí a lo único que puedo comprometerme: a ser honesto con vosotros. Me comprometí con una persona sin cara, en ese momento la figura imprecisa e impersonal del alumno, a mejorar constantemente para ser merecedor de ese apelativo, que en nuestro idioma está siendo tristemente relegado al olvido y de una sonoridad e implicaciones – a mi juicio – bellísimas. Éste no es otro que: “maestro”.

Porque ser maestro, y aquí entro en valoraciones muy personales, significa tratar siempre de ser mejor, espiritual y técnicamente. Ser en todo momento un ejemplo de lo que enseñas y, sobre todo, ser honesto. Saber decir: “no lo sé”, es mucho mejor que entrar en estériles justificaciones extemporáneas y faltas de criterio para explicar lo que desconocemos, saber reconocer cuando algo “no te sale”, aunque la cara te arda de vergüenza, es infinitamente más honesto para el alumno que recurrir a trucos o extensas explicaciones justificativas; la naturalidad acorde con nuestros principios morales  e históricos, siempre será mejor que la ampulosidad y la parafernalia intentando aplicar costumbres de las que desconocemos orígenes y motivos. No presuponer, experimentar, conocer. Nadie es mejor ni peor por el color o la forma de sus ojos. Apreciar lo bueno, desechar lo malo, vengan de donde vengan. Siempre alerta. Entrenarnos en discernir lo aprovechable de lo superfluo, la esencia de la forma, la técnica sincera de las muestras de ego. Reconocer que nuestros discursos, por muy brillantes y elaborados argumentos que manejen, son nada si los comparamos con nuestra actitud en el dojo y fuera de él. Que todo está unido, y que cada acción, cada decisión, dentro del tatami o fuera de él dan lugar a diferentes interpretaciones, tantas como alumnos tengamos. Huir de los clichés establecidos, ser nosotros mismos, exponer nuestras ideas con respeto pero con firmeza, no evitar el diálogo y aceptar siempre las argumentaciones adecuadas y expuestas de forma coherente como algo valioso y a tener en cuenta. Apreciar a todos y cada uno de nuestros alumnos, conocerles en todas sus facetas, virtudes y defectos, y construir sobre lo que cada uno tiene, primero, y necesita, después. Confiar en ellos y no abandonar a ninguno por pereza o disgusto. No realizar un ejercicio de perisología en cada clase y tratar a los alumnos como personas sensatas, sin caer en juicios de valor pero no admitiendo comportamientos intolerables o inadecuados. Informarles sinceramente de sus progresos y de sus defectos, de nuestra visión del aikido y de si su búsqueda se adecua a lo que nosotros podemos ofrecer. Amar la enseñanza y saber por qué la practicamos, abandonándola si es necesario si alguno de esos conceptos nos es desconocido, pues prostituimos de otro modo lo que transmitimos.

Esta es mi visión, y hoy ya no hay una persona sin cara en mi compromiso, hoy no hay un anónimo receptor de mi deber de mejorar. Hoy, trece años después de mi primer contacto con la transmisión del aikido, el alumno tiene muchas caras: son las vuestras, y por eso a todos aquellos de vosotros que deseéis caminar junto a mí y ayudarme a levantar de mis tropiezos en este interminable, duro, exigente y sin embargo maravilloso camino que es el aikido, os puedo decir que siempre tendré presente estos criterios para que en todo momento podáis sentiros orgullosos de llamarme maestro como yo ya me siento orgulloso de llamaros alumnos.

O.