Vaya por delante que juzgar las capacidades de otras personas me resulta profundamente desagradable, aunque se me presuponga adecuadamente competente para hacerlo.

Todavía no he escuchado un razonamiento sobre los exámenes para pase de grado que se realizan actualmente en las artes marciales en general y en el aikido en particular que me convenza adecuada y sobradamente sobre su conveniencia o necesidad.

Sí, siempre se aduce lo mismo en su defensa, que si “maduran” al candidato mentalmente, que si suponen un plus de esfuerzo, etc. Razones todas ellas válidas, pero fácilmente soslayables por ser beneficios que no tienen como condición necesaria la existencia de un examen. Estos maravillosas ventajas pueden y deben ser obtenidas, no de los exámenes, sino del trabajo duro cotidiano y del ejemplo del maestro.

Parecemos en la necesidad de autoconvencernos de la bondad del sistema, olvidando totalmente la razón de su existencia primigenia: estructurar un sistema adecuado a la mente occidental para la expansión del arte que lo instauró, el judo básicamente. Y hacer caja, añado yo.

Imaginaros entrar en un dojo y que os digan, primero: “ya veremos si te aceptamos”, segundo: “no tendrás ningún estatus hasta que demuestres que este arte te interesa, cuando alguien más preparado que tú confirme este hecho, se te informará”, tercero: “si has demostrado que este arte te interesa, entonces practica y fórmate sin preocuparte de otra cosa, cuando estés listo, alguien más preparado que tú te dirá que lo estás”.

Probablemente, un enorme porcentaje de personas – sobre todo jóvenes y niños – ni siquiera se plantearían participar en algo tan exigente y falto de estímulos para nuestra débil mente. Y, mientras, la bola de nieve de este sin sentido, pequeña y humilde en su inicio, ha cogido velocidad y crecido exponencialmente. Muchas de éstas bolas, que representan diversos artes marciales, ya han conseguido su máxima expansión y velocidad y se han desintegrado; ya no existen los artes marciales que representaban; son mutantes en los que no se reconoce su origen verdadero. Se han transformado en máquinas de hacer medallas y dinero. Sé de lo que hablo porque he practicado varios de ellos, y dos son los instrumentos que utilizan para su desarrollo: los exámenes y las competiciones.

Veo a diario niños que, si cuentan con aptitudes naturalales, son “reclutados” para las filas de los competidores, promocionados fulgurantemente por encima de otros compañeros, incluso otorgándoles sin ningún criterio los grados necesarios para participar y ganar competiciones. A veces por el mero hecho de tener facilidad para realizar una única técnica, en la que su instructor deposita su confianza para obtener prestigio y así reclutar más muchachos, cerrando el círculo. Esos muchachos son el futuro del arte, y sólo han conocido esta visión de las cosas, han transcurrido tantas generaciones de esta locura que ya han olvidado el origen, características y función que su propio fundador quería ¿o quizás prentedía ese objetivo mismo?.

Afortunadamente uno de los dos apoyos principales para que se produzca este sinsentido, no existen en el aikido. No tenemos competiciones (excepto en el estilo Tomiki, precisamente creado por un judoka).

Por eso no entiendo ni comparto que se instaurase el sistema kyu-dan en el aikido, aunque no me queda más remedio que aceptarlo por el respeto debido.

No obstante, ya que existe, es mi obligación aplicarlo del modo más exigente posible. Es decir, yo conozco las virtudes, capacidades y limitaciones de mis alumnos, no nesito un examen para situarles en un grupo de nivel, porque soy consciente de su nivel, no sólo técnico sino moral; trabajo continuamente con ellos. Pero ya que se me exige realizarles un examen para pasar de “grado”, si el examen no cumple con todas las expectativas del grado, por el motivo que sea, el examinando no podrá acceder al siguiente nivel, pese a que yo sepa positivamente que es capaz de hacerlo. Es sorprendente como algunas personas son aprobadas “porque yo le he visto trabajar diariamente y sé su nivel, hoy ha tenido un mal día” Bien, estoy completamente de acuerdo ¿Pues entonces para qué tenemos que hacer el paripé del examen? Si se trata de conocer la valía del alumno, no se necesita en absoluto un examen.

Avalan mis convicciones el hecho de que grandes maestros mantengan no en la forma, aunque sí en el fondo, el espíritu del sistema antiguo de graduación. Es evidente, que no gozan del mismo reconocimiento ni prestigio personas de igual grado según sea su procedencia. De este modo, un 3º dan anónimo es irrelevante comparado con otro 3º dan más cercano a un gran maestro. El grupo de practicantes en el aikido está formado por una masa anónima de practicantes sin grado y sin reconocimiento, por un lado, y un pequeño grupo de practicantes cercano a los grandes maestros. Por lo tanto, si mi desarrollo, consideración y valía técnica está sujeta, realmente, al conocimiento personal del maestro, a mi traslado y renuncia para entrenar con él, o la suerte de haber nacido cerca de su dojo ¿a qué los exámenes de grado? ¿no es esto acaso el espíritu del menkyo kaiden la transmisión del arte, sólo a aquellos que confirman diariamente su preparación técnica y moral al maestro?.

Sin dudar ni por un momento la necesidad de sacrificio para buscar la mejor práctica, no entiendo que tengamos que mantener un sistema en el que pocas personas creen realmente. Y la única explicación que se me ocurre no es muy airosa para la estructura que lo sustenta.

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