Hace ya algunos años que empecé en esto del aikido y ya he visto pasar algunos ciclos. Siempre es muy parecido. Entran algunos compañeros, practican durante algún tiempo con cierto entusiasmo y luego, cuando se podrían sentir más cómodos con sus capacidades, de repente van abandonando su práctica gradualmente. Hoy es una cosa, mañana será otra, pero siempre hay algo que le impide practicar regularmente. Una buena razón, naturalmente, no se vaya a creer, maestro, que a mí esto me gusta una barbaridad.
Transcurrido cierto tiempo, desaparecen del dojo y ya no vuelves a saber nada más de ellos durante una temporada. Hasta que de repente, un buen día, vuelven a aparecer como si la cosa no hubiera ido con ellos.
Ese es un momento crítico, es lo que los maratonianos llamarían “el muro”. La inmensa mayoría, al poco tiempo de su retorno, abandonan de nuevo y esta vez ya es para siempre. Siempre hay alguna excusa o razonamiento. He oído de todo, pero sé que en la mayor parte de los casos se trata simplemente de pérdida de interés. Al principio me acusaba a mí mismo por no ser capaz de dar lo que la gente esperaba, pero finalmente me he dado cuenta que hagas lo que hagas, digas lo que digas, facilites las cosas lo que puedas los alumnos pasan por esas fases. No hay posibilidad de evadirse, es así y hay que aceptarlo porque si no acabas por perjudicar al nuevo ciclo.
Desde que imparto clases la sensación se va agudizando y cada vez me siento más capaz de predecir cómo va evolucionando el estado de ánimo de las personas que están a mi cargo. No me malinterpreten, no soy omnisciente ni infalible, la cago como todo el mundo. Y mucho. Pero la veteranía tienen estas cosas y ahora mismo mi sensación es que hay un cambio de ciclo. ¿Quién aguantará para pasar “el muro”? No lo sé, sólo puedo estar expectante para ayudar cuando salten y caigan al otro lado. Sé lo que se siente. Yo lo he saltado.
