A veces cuando una charla discurre por los cauces adecuados, puede estimular nuestra mente hacia nuevos conceptos con los que trabajar. Hace muy pocos días tuve la fortuna de que se produjesen la circunstancias adecuadas que me llevaron a plantear un enfoque de la práctica, que pese a mantenerse latente en mi interior, nunca me había detenido a analizar, ni mucho menos a expresar.

Trata acerca de la dirección – espiritual – de nuestra práctica y, especialmente, su desarrollo en el trabajo de uke. De los fundamentos sobre los que deberíamos reflexionar para obtener el máximo beneficio de nuestra práctica.

Todos tenemos una tendencia inequívoca a olvidar – quizá debido al remoto origen guerrero del aikido, su dinamismo y a la práctica con un compañero – que se trata de un arte marcial “interno” y que por lo tanto el enfoque que a veces le queremos dar es – en mi modesto modo de entenderlo – incorrecto, ya que planteamos el aikido buscando el conflicto. Esta no es la dirección adecuada; es posible que nuestra perspectiva se vea cegada por la búsqueda de la victoria sobre aite, utilizando a éste de espejo para llegar a nuestro ego. No debemos alimentar a este último con una falsa sensación de victoria.

Los grandes maestros continuamente nos indican que el aikido no es un arte para la destrucción. Es un camino de armonía, de vida. Si ha trascendido por tanto del concepto de arte de combate y, aún manteniendo tradiciones marciales, se ha convertido en algo mucho más hermoso ¿por qué empeñarnos en hacerle retroceder hacia algo que ya ha sido y desde lo que su fundador lo ha hecho evolucionar? ¿Por qué no leemos las palabras de los maestros tal y como son? ¿Por qué empeñarnos en encontrar aplicaciones reales, estrategias contra otras artes, más contacto, más “realismo”? ¿Por qué preocuparse porque el aikido no te prepare para una situación real, aún suponiendo que esto sea así, que no lo es? ¿Se preocupa un maestro de té porque su arte no lo prepare para la guerra? ¿Es menos admirable el arte Ikebana porque no enseña a matar?

Mi concepción del aikido se construye sobre el concepto Masakatsu Agatsu, la victoria sobre nosotros mismos, la victoria verdadera.

El análisis intelectual de cada paso que damos, de cada luxación que aplicamos, resultará un elemento que enturbiará nuestra comprensión de masakatsu agatsu. La practica deber mantener un elevado componente intuitivo y de concentración que nos mantenga alejados de la tentación de establecer demasiados detalles técnicos a considerar. Nos mantendremos libres, con el espíritu abierto a las sensaciones halladas durante el trabajo, disponibles a la enseñanza que nos brinda nuestro cuerpo y el de aite en su movimiento conjunto.

En este punto cobra máxima importancia el conocimiento del espíritu que debemos mantener cuando practicamos como uke pues resultará elemento indispensable para el abandono de la tendencia innata a la competición que nos es inculcada durante nuestro desarrollo personal y social.

Si una y otra vez en nuestra responsabilidad como uke insistimos en pensamientos competitivos – contras, agarres basados en la ventaja de conocer la repuesta de nage, bloqueos innecesario de la energía de éste – cometeremos repetidamente el mismo error y no encontraremos la actitud correcta para entender que la aportación más valiosa que nuestro arte nos brinda es aplicable en nuestra vida cotidiana. En consecuencia, al no existir en el aikido elementos tales como la excitación que produce la competición o resultados de prestigio social, pronto nos sentiremos aburridos o desalentados y abandonaremos.

Expresándolo en términos metafóricos la actitud correcta en la faceta de uke deberá mantenerse en el total abandono de la esperanza de sobrevivir después de cada ataque. Nuestro ego debe ser eliminado, inmolado en aras del beneficio del desarrollo de nage. Así cada vez que somos inmovilizados o proyectados “resucitamos” volviendo a morir con cada ataque, una y otra vez hasta que nuestra conciencia abandone todo deseo de victoria, y en ese momento, sólo en ese instante, alcanzamos masakatsu agatsu, que – paradójicamente – es la victoria más importante y preciada: la definitiva.

De igual modo, en nuestro papel de nage cada atemi propinado, cada luxación empleada, cada proyección realizada deberá ser dirigida hacia nosotros mismos, de forma que cortando en dos nuestro ego abandonemos la necesidad de derrotar a aite. Este es el concepto aplicado al aikido de Katsujinken – la espada que da la vida – en oposición a las artes que pueden elegir Setsuninto – la espada que quita la vida -. La elección en el enfoque es nuestra, pero para progresar en aikido, sólo puede ser una.

Katsujinken no es ninguna fantasía, aunque suele ser malinterpretado por desconocimiento o por malevolencia de aquellos que sólo ven la aplicación de este concepto en una confrontación física, deteniéndose en su carácter primigenio de técnica real de sable unido a Setsuninto. En una situación de combate fuera del dojo podremos ganar o perder, vivir o morir. Esto no tendrá mayor importancia en término absolutos – naturalmente la tiene para los interesados – ya que no podrá achacarse a nada ni a nadie y mucho menos al arte que practiques. Existen demasiados factores a considerar para obtener la victoria o ser derrotados, demasiadas variables, y pese al empeño de muchos en encontrar el arte marcial perfecto que sirva en todo momento y situación esto no ha sido ni será posible pues para encontrar el arte marcial perfecto deben concurrir el momento y situación perfectos, inamovibles en el espacio y el tiempo. Naturalmente esto no es posible. Y aunque por paradojas de la física fuera posible, sólo podría aplicarse a un único campeón perfecto del arte marcial perfecto aplicado en el momento y lugar perfectos. ¿No es todo esto un total desatino?

Despojar al aikido de todas las nociones de las que os hablo no sólo es lamentable, sino que además es absurdo, pues desnudo de ellas es demasiado parecido a otras artes marciales que eligen Setsuninto. Si el aikido no es de nuestro agrado tal cual es, debemos abandonarlo y elegir otro camino, de no hacerlo destruiremos la belleza de este arte, basada en aportarnos la posibilidad de encontrarnos a nosotros mismos y nuestro lugar en la sociedad a través de la práctica constante y de este modo dar vida y armonía a un mundo que le falta.

Tengo que dominar una gran vergüenza para escribir estas palabras, pero no quiero que por su causa alguno de vosotros deje de ver la belleza que el aikido muestra desde mi perspectiva actual, sin necesidad de buscar constantemente vencer a nuestros semejantes o prevalecer por encima de ellos.

Tampoco espero que todos compartáis lo que digo, siquiera que lo entendáis o simplemente que lo queráis entender, pero es mi visión y es la única que tengo, así que mi obligación es dejarla lo suficientemente clara para que no os sintáis engañados o frustrados.