Ayer jueves al acabar la clase mantuve una intensa conversación con un alumno relacionada con el salto de la valla que separa Ceuta y Melilla de Marruecos por parte de inmigrantes. Él creía que los gendarmes marroquíes actuaban correctamente utilizando la fuerza en todos sus extremos, incluso la de sus armas de guerra, contra las avalanchas. El hombre que plantea esto es un buen hombre que sin duda brindaría su apoyo a cualquier otro ser humano que lo necesitase y por lo tanto surge en mí una inquietante sensación de desazón. ¿Si los hombre buenos comienzan a pensar así al sentir que amenazan nuestro modo de vida neoliberal, qué plantearemos cuando realmente estemos amenazados?

 

¿Puedo hacer algunas preguntas?:

 

Si disparamos contra masas de gentes desarmadas, hambrientas, desesperadas…¿cuanto tardarán en ser masas de gentes hambrientas, desesperadas y además armadas y henchidas de odio?

 

¿Necesitamos realmente lanzar a estas masas a las manos de locos santones inflamados de fé justiciera?

 

Si olvidamos conceptos como solidaridad, amor, honestidad, respeto, altruismo, o sólo los aplicamos a “los nuestros” considerando a otros seres humanos indignos de recibirlos ¿No estamos olvidando nociones de algo que hace que merezca la pena vivir la vida?

 

¿Es sostenible de veras un mundo donde una gran mayoría sufra atrocidades y penalidades sin nombre para que una minoría goce de seguridad y estabilidad?

 

¿Estamos sustituyendo la solidaridad por un coche, el amor por el chalé en la sierra, la honestidad por una televisiónd de plasma y el altruismo por una semana en Bali?

 

Ahora bien, mi alumno no estaba falto de razón en parte: hay que hacer algo. Pero nunca, nunca, en la historia un muro ha detenido un lamento, ni una bala la indignación de un pueblo que muere de hambre. La historia se ha movido debido a las mareas de pueblos que buscaban un sitio mejor, donde la vida no fuera algo despreciable y triste. No hay nada que podamos hacer para parar a una madre que busca comida para su hijo, nada, sólo matarla. Y eso, mi querido alumno, nos convierte en asesinos y nos mata a nosotros mismos.

 

Es difícil enderezar las cosas, pero estoy convencido de que se puede hacer con voluntad de todos nosotros – el pueblo, no los políticos, cuya alma es tan negra que ya no tiene salvación – y no por la dificultad de la tarea podemos escudarnos en terroríficas teorías “ellos deben sufrir para que nosotros podamos gozar, es ley de vida”. Esa ley no sé quien la ha inventado, pero puedo imaginármelo. El mismo que inventó el librecambio y el mercado mundial para enriquecerse.

 

Estamos a 1000 km de donde están ocurriendo estos asaltos, y tenemos miedo. Los asaltos cesarán, pero volverán, y si no hacemos algo para mejorar la vida de los desesperados, van a volver para quedarse.

 

Estoy aturdido por la locura humana. ¿Qué puede hacer un hombre?